sábado, 23 de noviembre de 2019
miércoles, 20 de noviembre de 2019
¡Sorteo por los 500 seguidores en Instagram!
Creo que no sé cómo agradeceros a todos el apoyo que he recibido desde el minuto 1 que entré en esta plataforma. Encontré a una comunidad llena de gente fantástica y con muchas cosas que contar y ya me siento una más.
Así que, ¿qué mejor forma de agradecerlo que con un pack-sorteo?
Podéis clicar abajo para redirigiros a la página para participar😊.
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sábado, 16 de noviembre de 2019
RELATO: Volver a sonreír
Llevaba muchos días llorando cuando
escuché el timbre del ordenador.
Corrí…, rodé, mejor dicho, hasta mi
portátil y solté un grito de alegría al ver la señal verde que indicaba que me
habían contactado.
Hacía poco que había tomado la
decisión de inscribirme en una página web para citas. Sólo por probar, me dije
en ese momento. Pero debo admitir que, en cuanto empecé a hablar con ese
hombre, se convirtió en mi pequeña adicción diaria.
Todos los días me paraba delante del
portátil, hablando con ese hombre que me había aceptado en esa web y nos
contábamos la vida. Volvía a ser mi pequeño rincón de felicidad. De esa
felicidad que me costaba recuperar tras el accidente.
Se me paró el corazón cuando me pidió
una foto. Y yo, temblorosa, le mandé una foto de hacía unos meses. Él me mandó
otra en la que, admito, salía perfecto. Hasta con un perro. ¿Se podía tener
mejor suerte?
Sin embargo, llegó el gran día en que
me pidió quedar en persona para conocernos. Propuso fecha y lugar de encuentro. Y
yo lloré. Lloré mucho.
No le respondí. Apagué el portátil y me fui a mi habitación, donde me
encerré. Estuve ahí, en la oscuridad, horas y horas, hasta que llamé a mi
madre.
Le conté toda la situación. Mis miedos. Mis dificultades.
Y ella me respondió con un <<Adelante, Emma, tú puedes>>.
Así que me armé de valor, encendí de nuevo el portátil y le dije a ese
hombre que acudiría a la cita.
Ya en cuanto estuve frente a la puerta del restaurante me sentí intimidada.
A través del cristal vi mucha gente bien vestida, comiendo y riendo. Vi una
mesa en la que estaba el hombre con el que había quedado, con la barbilla
apoyada en la palma de la mano, y mirando al frente. Me estaba esperando.
Cogí el móvil y le mandé un mensaje para decirle que estaba en la puerta
del local. Vi cómo reaccionaba al zumbido de su móvil, lo cogía como si fuera
su tesoro más preciado, leía el mensaje y miraba hacia mi dirección,
buscándome. O, mejor dicho, buscando a la Emma de hacía unos meses.
Porque entonces fue cuando ladeó la
cabeza y frunció el ceño. Se levantó de la mesa y fue en mi dirección. Abrió la
puerta del restaurante y me miró.
̶ ¿Emma…?
Los ojos se me inundaron de lágrimas
al reconocer esa mirada en todas las demás que me habían rechazado. Al fin y al
cabo, ¿quién se imaginaba que había quedado con una mujer que va en silla de
ruedas?
Antes de darme la vuelta y conteniendo
mis lágrimas, dije:
̶ Lo siento, ya me voy.
Me di la vuelta para marcharme, pero
él rodeó mi silla y me impidió el paso.
̶ ¡No, no te vayas! Sólo que… no
imaginaba que fueras en silla de ruedas. La foto que me pasaste… no se te veía
así.
No pude contener mis lágrimas por más
tiempo, que cayeron en cascada. Yo sonreí y aparté la mirada.
̶ Lo sé…, es una foto anterior al
accidente que me dejó así.
El hombre me sonrió. Una sonrisa
dulce. Quizá la más dulce que me había regalado un hombre desde que voy en
silla de ruedas. Entonces me cogió la mano y me la besó.
̶ Bueno, pues, yo estoy
igualmente encantado de conocerte por fin en persona.
Me abrió la puerta para que pudiera
pasar sin problemas. Y fuimos a cenar.
Fue una velada fantástica. Los dos
sentados uno frente al otro, como el resto de la gente. Nadie me miró extraño.
Yo era una mujer más que había ido allí a cenar con un hombre. Y ese hombre
parecía encantado de haberme conocido.
Sin prejuicios ni rechazos.
Esa noche llamé a mi madre y le dije
que había conocido a un hombre. Que valía la pena y me había pedido volver a
quedar.
Y ella sólo dijo <<Muy bien, Emma,
muy bien>>.
Miré la urna que estaba encima de la
encimera. Recordé el accidente que me había dejado en silla de ruedas. El
accidente que se había llevado a mi madre.
Al final sí podría superarlo.
<<Gracias, mamá>>.
miércoles, 30 de octubre de 2019
RELATO: Unidos por el mal
978 d.C.
Imperio Germánico, Monte de Brocken;
Un grito
monstruoso resonó en la noche. En lo alto del monte, se distinguía una ligera
luz anaranjada. Una hoguera.
Los dos jóvenes no
se atrevían a salir de su escondite. Llevaban horas allí, deseosos de saber qué
ocurría en esa noche. Era la noche del 30 de abril, la célebre Noche de
Walpurgis, y los dos hermanos habían oído cientos de historias escalofriantes
acerca de seres monstruosos y asesinos sobrehumanos que se reunían en ese monte
dos noches al año; ésa especialmente y la del 31 de octubre, la víspera de la
Noche de Todos los Santos. De pequeños siempre se iban a la cama de sus padres
en cuanto llegaba esa noche. Después de escuchar los relatos, no querían ser
despedazados por hombres con cabeza de animales o mujeres que se beberían su
sangre si los encontraban. Pero ahora habían crecido. Casi habían alcanzado la
edad adulta y querían averiguar si aquello era cierto. Y por el momento,
parecía que así era.
—Tal vez no sean
más que cuatro ladrones que se han reunido allí. O asesinos. Padre dijo que los
vio por el camino —al joven le temblaba la voz.
Su hermana lo miró
con aires de superioridad.
— ¿Vas a rendirte
ahora, rata cobarde? Aunque lo sean, siempre podemos contárselo a las
autoridades —le espetó con dureza. Su madre le decía que había heredado la
rudeza de su padre. No era la más agraciada del pueblo, ni la más elegante,
pero sí la más valiente y segura, y sabía que de eso se enorgullecían sus
padres —Acerquémonos más; desde este arbusto no se ve nada.
—Has oído un grito
y has visto una hoguera, ¿no es suficiente por esta noche?
— ¡No! —se molestó
su hermana—. Además, tampoco sabemos si es una hoguera; podría ser cualquier
otra cosa.
— ¡Dime qué otra
cosa podría ser! —le rugió su hermano, bajando la voz en cuanto se dio cuenta
de que había hablado demasiado fuerte.
La joven lo miró
con sus enormes y brillantes ojos castaños. En esa postura se asemejaba mucho a
su madre, piel lisa y brillante, nariz aguileña, labios carnosos, cabellos
largos y rizados, negros como la noche. Su hermana no era demasiado presumida,
por lo que, en cuanto los hombres discutían por ella, ella se sumaba a la
discusión. Jamás la había visto locamente enamorada de un hombre, y eso, en
cierto modo, le gustaba.
—Eso es lo que voy
a averiguar ahora.
Acto seguido, se
incorporó y empezó a andar a grandes zancadas por el matorral. Los dobladillos
de su vestido se enredaban con las hierbas, así que ella tiraba con todas sus
fuerzas, sin pensar que, al día siguiente, vería su falda destrozada. Escuchaba
las pisadas de su hermano tras ella, por lo que se sintió más segura. Ella no
se consideraba una mujer con miedo, pero si se encontraba con Arlen, su
hermano, notaba que estaba protegida. Más de una vez los habían comparado con
los hermanos Hansel y Gretel, ya que ellos dos llevaban a cabo aventuras por el
bosquejo de Brocken desde que eran infantes, al igual que los niños de la
historia. No obstante, nunca se habían encontrado con una bruja que les
ofreciera dulces. Ésa era una de las razones por las que Kasside quería estar
allí esa noche.
Quería ver a una
bruja de verdad.
Se detuvo en otro
matorral de gran tamaño, y se escondió tras él. Por suerte, los ramajes de éste
eran muy espesos, por lo que estaba segura de que nadie los vería. Arlen llegó
poco después a su lado, luchando con los herbajes del camino.
Cuando el silencio
volvió a restablecerse entre ellos, la joven tomó el valor de levantar la
cabeza y ver qué había en la ladera de esa montaña en tan especial noche.
Efectivamente,
había una pequeña hoguera que no alcanzaba a iluminar todo el sendero, por
suerte. A su lado, había una enorme piedra cuya superficie parecía tan lisa
como la de un espejo.
—No hay nadie
—comentó el joven.
Oían únicamente el
crepitar de las llamas. Ningún animalillo canturreaba esa noche. Y quien fuere
el autor del grito que habían oído antes, se había esfumado por completo.
—Estamos solos en
el Brocken, en la mítica noche de Walpurgis —canturreó Kasside, tratando de
asustar a su hermano, y tuvo éxito cuando éste la miró con desafío.
— ¿A que no te
atreves a ir junto a la hoguera?
La cara divertida
de su hermana cambió por completo. Jamás pensó que su hermano le pediría algo
así; siempre era ella la que lo retaba a realizar tareas de las que sabía no
era capaz.
—Después de ti —ofreció
Kasside—. Yo he sido la que ha venido aquí primero. Ahora te toca a ti ser el
primero.
La joven alcanzó a
oír cómo tragaba saliva en cuanto se incorporaba tembloroso. Sabía que no
quería hacerlo, pero no quería volver a parecer un miedoso delante de su
hermana, así que empezó a caminar lentamente hasta salir de su escondite
mientras cerraba los puños con fuerza. Kasside sólo veía su silueta negra ante
la luz de la hoguera cuando ella decidió seguirle. Creyó que no había peligro.
No se atrevieron a
decir absolutamente nada mientras recorrían el camino que sabían podía cambiar
su parecer hacia los cuentos que los juglares cantaban con acompañamiento
musical en las plazas del pueblo.
En cuanto llegaron
al lado del fuego, se miraron sonrientes. No corrían peligro. Sus corazones
palpitaban con fuerza todavía por el miedo. Kasside vio cómo su hermano
empezaba a bailar alrededor del fuego.
— ¡Estoy cantando
alrededor del fuego en la noche de Walpurgis! Mírame, Kasside.
La joven rio a
carcajadas mientras aplaudía su extraña danza.
No sabía cuánto
tiempo había pasado desde que su hermano inició su baile hasta que ella escuchó
un ruido tras ella. Se giró espantada, sintiendo un escalofrío en su espalda.
No vio nada, probablemente a causa de la oscuridad. Volvió a mirar a su
hermano, que no parecía haberse dado cuenta, pero decidió no bajar la guardia.
Oyó murmullos a su
alrededor, por un momento le pareció que eran voces, pero descartó aquella
idea, ya que lo que escuchaba no parecía pertenecer a lo humano.
Se giró de nuevo,
mirando por todas partes. Escuchaba aquel sordo ruido cerca de ella, pero no
veía nada ni nadie. No obstante, se fijó en que la oscuridad que rodeaba la
hoguera era más oscura que la que se extendía por todo el monte. Más
acostumbrada, llegó a distinguir una masa gelatinosa y negra, larga y gruesa
que se movía en un baile similar al de su hermano. Su hermano. No pudo evitar
que le temblara la voz cuando le avisó.
—Arlen… No estamos
solos.
Su hermano se
detuvo, mirando a su alrededor. Y justo en ese momento, una gran figura negra
se abalanzó sobre él, sin molestarse en acallar sus gritos de clemencia.
Kasside se quedó
unos instantes pensando en qué había ocurrido. Cuando la información llegó a su
mente, echó a correr en dirección a su hermano, que había sido silenciado por
ese monstruo que tenía encima.
—¡Arlen! ¡Arlen!
Estaba dispuesta a
tirarse encima de aquella bestia oscura y lo sabía. Reunió todo el valor
necesario mezclado con la brutalidad de su padre y saltó sobre la criatura,
abriendo la boca para morderle, pero entonces una fuerza superior a la suya la
apartó en un segundo de su hermano y su agresor, y la catapultó al otro lado de
la hoguera. Sus piernas chocaron contra algo muy fuerte. Cuando recuperó la
conciencia, lo vio. La gran piedra tallada.
Sintió que se
elevaba en el aire lentamente, por lo que se abatió tratando de volver al
suelo. La energía mágica que la movía la dejó sobre la superficie de la piedra,
y como si ésta estuviera hecha de una fuerza succionadora, sus brazos se
pegaron a ésta, arriba de su cabeza, y al poco rato sus piernas también dejaron
de responderle.
Una enorme masa se
acercó rápidamente, y le rasgó el vestido. Al poco rato, Kasside se sintió
completamente desnuda ante esa bestia irreconocible, mientras escuchaba de
nuevo los gritos de su hermano, que la llamaban sin parar.
Notó el dolor de
unas punzantes garras en sus muslos. El miedo le impedía gritar, pero cuando
ese ser la penetró, un grito seco y escalofriante salió desde lo más hondo de
su garganta. Mientras ese doloroso calor se apoderaba de su interior, sintió
aquellos murmullos más audibles e inteligibles. Giró la cabeza hacia la masa
negruzca, y notó que cada vez le era más fácil distinguir rostros y siluetas.
Varios hombres y mujeres sin apenas vestimenta se agitaban con fuerza, algunos
gritando y cantando, otros bailando una extraña danza sin apenas moverse de su
sitio.
Un apestoso
aliento se internó en sus fosas nasales. Kasside se decidió por volverse a
observar la criatura que había decidido entrar en su cuerpo por la fuerza y
ahogó un grito al ver el rostro demacrado de un hombre de ojos negros y sonrisa
sarcástica. Ya desde el primer momento supo que no olvidaría jamás esa sonrisa.
Cuando el hombre
acabó con ella, se incorporó y corrió saltando enérgicamente alrededor del
fuego, vitoreando con fuerza en una lengua extraña.
Kasside alcanzó a ver el cuerpo inerte de su hermano, al lado de la figura
del ser de ojos negros. Sintió que le había llenado el cuerpo de una nueva
esencia, más pesada, y que a causa de ello su alma la había abandonado.
sábado, 26 de octubre de 2019
RELATO: Familia Feliz
“Quiero a mi madre. Y a mi padre. Adoro a
mis padres. Siempre se preocupan por mí. Siempre me lo dan todo. Siempre me
quieren como yo les quiero a ellos. Jamás hemos discutido. Somos una familia
feliz.
>>Adoro cuando me acompañan al
colegio los dos, cogidos de la mano y me hacen cosquillas. Mis risas son lo
único que importa en ese momento. Luego, cuando entro en clase, veo desde la
ventana cómo me saludan.
>>Adoro cuando comemos juntos.
Siempre somos los tres los que hacemos la comida; mi madre cocina y mi padre y
yo preparamos los ingredientes para ella. Luego los tres nos deleitamos con
nuestra obra maestra.
>>Adoro cuando me llevan a la cama.
Cuando me cuentan un cuento antes de acostarme. Cuando me dan un beso de buenas
noches y me ayudan a entrar en el más profundo y hermoso de los sueños.
>>Quiero a mis padres. Somos una
familia feliz”
Un ruido de fuertes pisadas hizo volver a
la niña a la realidad. Tembló y se ocultó todavía más bajo en mueble en el que
se había escondido. Un gran peso cayó a su lado. Horrorizada, dirigió la mirada
a los ojos sin vida de su madre, que la observaban desde el suelo, en una mueca
gélida, demostrando el esfuerzo que había realizado tratando de salvarle la
vida. El teléfono destrozado en mil pedazos se esparcía por el suelo. A su
lado, unos pies grandes se paseaban lentamente susurrando el nombre de la niña.
Ésta agachó la cabeza, cerró los ojos, se tapó los oídos y trató de que no se
la oyera respirar.
“Quiero a mi madre. Y a mi padre. Somos
una familia feliz. Somos una familia feliz. Somos una familia feliz…”
RELATO: Captor
Lleva tres semanas encerrada.
Huelo su miedo. Su odio. Sus ansias de vivir.
Cuando la encontré zigzagueando por aquel viejo
camino de tierra, ataviada con un vestido de fiesta medio descolocado y un solo
zapato de tacón no pude evitar detener mi coche e invitarla a subir.
Recuerdo sus risitas en el asiento del copiloto.
No se mantenía en pie. Se durmió apoyada contra la ventanilla.
Justo en ese momento, observando su piel tersa,
sus labios rojizos y sus ojos pintados con una gruesa ralla negra. Aquel
moratón violáceo en su cuello que denotaba que una boca ajena había estado ahí
antes…
Algo en mi mente se torció en ese momento.
Unos pensamientos impuros aparecieron en mi mente.
Soñaba en coger ese cuerpo menudo y moverlo a mi voluntad. Poner mi boca en ese
cuello ya degustado e ir bajando hasta poseerla.
Mi coche cambió de rumbo.
En vez de conducir a esa chica a la ciudad, a la
vaga dirección que me había dado, entré en un pueblecito con el que estaba
familiarizado. Llegué hasta esa casa. La casa.
Aunque volvía pocas veces, seguía en pie.
Cogí a esa chica en brazos y la entré por esa
puerta corroída por el tiempo. La llevé hasta el salón. La dejé en el suelo
mientras abría la trampilla que llevaba al sótano.
El sótano.
Ahí es donde mi madre me castigaba cuando era
pequeño. Me azotaba con un látigo y satisfacía sus deseos impuros conmigo.
Decía que era la única forma de redimirme de mis pecados.
Até a esa chica de manos y pies. Pegué una cinta
adhesiva en su boca.
Cuando despertó, lloró, suplicó, intentó negociar,
ofreció todos sus ahorros a cambio de su liberación. Ella se veía a sí misma
como rehén. Yo veía a un ser débil y cándido doblegado a mi voluntad.
Lleva tres semanas encerrada.
Ha dejado de gritar, de suplicar, de llorar. Su
cara magullada y demacrada, sus ojos cansados y su pose denotan su rendición.
Se limita a notar cómo pasa el tiempo sin que pase nada que la pueda ayudar lo
más mínimamente.
En estas tres semanas he visto carteles pidiendo
su rescate. Julia. Así se llama. Sus padres están muy preocupados. Sus amigos
se sienten culpables por haberla dejado sola tras la fiesta.
Se han realizado partidas de búsqueda y
vigilancia. La están buscando por toda la ciudad y los alrededores.
Pero no la encontrarán.
Ellos no saben dónde está.
Y nunca se imaginarán que he sido yo.
Como cada mañana, salgo de mi casa de la ciudad y
voy al pueblo. A la casita familiar a ver cómo está mi querida Julia. Tras
darle de comer y resoplar al notar su indiferencia, salgo del pueblo y me
dirijo de nuevo a la ciudad. A mi trabajo.
Debo mantener la compostura para que pueda seguir
unos años más con mi propio animal de compañía.
Tras entrar en el trabajo, veo un tablón de
anuncios, donde los pocos carteles que hay muestran la cara de Julia.
Disimulo mi sonrisa cuando se acerca una mujer
sollozando. La miro seriamente, como es propio de mi oficio.
-Inspector…, ¿hay alguna noticia de mi niña?
Me ajusto la placa, aferrándome a ella como si
fuera mi disfraz.
-Lo lamento, señora. La partida de búsqueda sigue
sin encontrar ningún rastro de Julia.
La mujer se tapa la boca con la mano.
-Gracias…, estaré atenta por si hay novedades.
Miro el andar irregular de esa mujer. Cojeando de
un pie, zigzagueando. Es la viva imagen de su hija en la noche en la que la
rapté.
Una lástima que no la vuelva a ver.
RELATO: Soy Max
<<Ya casi está. Unos retoques
más y estará listo>>.
Estoy oyendo voces. Mis oídos funcionan.
<<¿Sabrán quién es?>>.
<<No si lo hacemos bien esta
vez>>.
Cuando abro los ojos, me fijo en el
blanco reluciente de las paredes, en cómo brillan los distintos aparatos
cableados que se apartan de mí para dejar paso a dos caras que se acercan
lentamente, para comprobar mi estado.
̶ ¿Sabes quién eres?
Sé quién soy, pero no sé quiénes son
ellos.
̶ Me llamo Tara.
Los dos hombres se miran el uno al
otro.
̶ Me temo que eso ha cambiado… ̶ dice uno de ellos mientras me acerca un espejo.
Lo que veo reflejado allí me deja sin
aliento. El cráneo metálico da a entender que mi pelo sintético ha desaparecido,
pero aquella cara… Todas mis facciones, ¿dónde están? Mis grandes ojos, las
pestañas oscuras, los labios finos, aquella nariz tan popular entre las de mi
clase… ya no están. Ahora, lo que más destaca es la frente ancha, los pómulos
marcados y aquella perilla tan masculina…, que sin embargo me gusta.
Miro a los dos hombres.
̶ ¿Qué es esto? ¿Por qué tengo cara
de hombre?
Uno de ellos se adelanta.
̶ Es una medida urgente, Tara.
¿Recuerdas lo último que te pasó? Iban a destruirte. Posees una información de
vital importancia para derrocar este régimen. Ellos lo sabían y fueron a
buscarte para destruirte ̶ señala a su compañero ̶ . Andrew te encontró. Bueno, encontró tu anterior
cuerpo. Extrajo la base de datos y la introdujo en este nuevo cuerpo. Hemos
cambiado el sexo para que crean que Tara ya no existe. Pero sí existe, y está
aquí ̶ señala mi frente ̶ . Por seguridad,
deberías cambiarte de nombre. La identificación de tu clase es M-864.
Me incorporo en aquella especie de camilla. Observo todo mi cuerpo. Mis
brazos relucen. Aun no llevo piel sintética. Soy un androide recién construido,
pero con una memoria que ya existía.
Pongo en marcha esa memoria. Recuerdo los hombres de negro. Irrumpieron en
la casa que tengo asignada y me llevaron a rastras hasta un lugar oscuro. El
jefe, al que los humanos llaman El Supremo, conectó una pantalla a mi base de
datos para observar aquellas imágenes que constituían la “información de vital
importancia para derrocar este régimen”. Un chasquido de dedos del jefe bastó para
que me llevaran de nuevo a un basurero. Ni siquiera pensaron en reprogramarme,
era un enemigo. Recuerdo que me colocaron bajo la apisonadora, y luego tiraron
mi cuerpo junto al resto de basura. Debí desconectarme entonces, porque ya no
recuerdo nada más.
̶ Max ̶ digo de pronto ̶ . Mi humano
se llamaba Max. Quiero llevar su nombre.
Poco después, un extraño entra en la habitación. Parece contento de verme.
̶ ¡Ha funcionado! ¿Lo recuerda todo?
Andrew asiente, satisfecho por su trabajo de reconstrucción. El extraño
aplaude.
̶ Bien, entonces revisemos esa memoria. Tenemos un nuevo golpe que
preparar.
Frunzo el ceño.
̶ ¿Nuevo? ¿Ha habido ya un golpe?
Los tres hombres asienten.
̶ Hubo un grupo de insurgentes que se rebelaron cuando te cogieron. Pero
los mataron a todos. Ellos no tenían esos datos que nosotros sí. Y atacaremos
al régimen en su punto débil ̶ el extraño
me mira, esperando que continúe su frase, pero no puedo ̶ . ¿Seguro que
recuerdas esa información?
Andrew conectó una pantalla a mi base de datos y esperó hasta que las
distintas imágenes mostraron lo que los tres hombres querían ver. El jefe, en
uno de sus discursos, soltó una llamarada y los hombres de negro se lo
llevaron. Tara, la androide sirvienta de Max, el hermano del jefe, observó de
reojo cómo aquellos hombres sentaban al jefe en una silla y le enganchaban un
cable a su frente. El jefe se quedó paralizado, automatizado. Fue entonces
cuando Tara entendió que el régimen que había surgido estaba sostenido por un
androide, que a su vez estaba sostenido por una máquina de inteligencia
virtual. La base de datos de Tara registró su último pensamiento antes de que
se la llevaran: “sólo hay que desconectar la máquina para destruir esta
dictadura”.
Los tres hombres apagan la pantalla y se quedan mudos. Empiezan a hablar
entre ellos. Hacen hipótesis, comentan la forma de desconectar dicha máquina.
Luego me miran.
̶ Hemos encontrado un punto de partida para el próximo golpe. ¿Te gustaría
unirte a nosotros, Max?
Sonrío y le doy la mano.
Somos Tara y Max unidos, y lo conseguiremos.
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