miércoles, 20 de noviembre de 2019

¡Sorteo por los 500 seguidores en Instagram!



Creo que no sé cómo agradeceros a todos el apoyo que he recibido desde el minuto 1 que entré en esta plataforma. Encontré a una comunidad llena de gente fantástica y con muchas cosas que contar y ya me siento una más.
Así que, ¿qué mejor forma de agradecerlo que con un pack-sorteo?

Podéis clicar abajo para redirigiros a la página para participar😊.




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Hemos llegado a los 500!! Y para celebrarlo os traigo el primer sorteo de los tres que van a venir próximamente! . Qué se sortea? 🌸 Un ejemplar firmado en papel de Sombra de Sangre (de la edición antigua) 🌸 Dos ilustraciones de los personajes principales de la historia, hechos por @patata.lunar 🌸 Una postal de cartulina de la portada antigua de Sombra de Sangre . Cuáles son los requisitos para participar? 🌸 Este primer sorteo es nacional (España, islas incluidas) 🌸 Seguir mi cuenta 🌸 Dar like a la foto 🌸 Etiquetar a tres amigos a los que les pueda interesar (sin límite de comentarios) 🌸 Compartir el sorteo en stories . El sorteo empieza hoy sábado 16 de noviembre y finaliza el sábado 30 de noviembre a las 23:59. El día 1 de diciembre daré a conocer al ganador por stories. . Con estos sorteos también celebro que el libro se está editando bajo el sello de @adarveeditorial ! . MUCHA SUERTE!!!🌸🌸🌸🌸 . SINOPSIS . Jayson es un joven periodista a quien se le ha encomendado la tarea de entrevistar al mayor icono de la música actual. Astrid es una estrella de la música con un pasado borroso y muchas dudas en su presente. Cuando se junten, toda una trama de complicaciones obstaculizará su camino, dejando al descubierto la relación que tiene Astrid con antiguas cantantes desaparecidas que siguen un orden cronológico. Astrid está en peligro. No puede contárselo a nadie, o el lobo irá a por ella. . #sorteo #libros #instaauthor #instaphoto #clarabarceloselles #sombradesangre
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sábado, 16 de noviembre de 2019

RELATO: Volver a sonreír



Llevaba muchos días llorando cuando escuché el timbre del ordenador.
Corrí…, rodé, mejor dicho, hasta mi portátil y solté un grito de alegría al ver la señal verde que indicaba que me habían contactado.
Hacía poco que había tomado la decisión de inscribirme en una página web para citas. Sólo por probar, me dije en ese momento. Pero debo admitir que, en cuanto empecé a hablar con ese hombre, se convirtió en mi pequeña adicción diaria.
Todos los días me paraba delante del portátil, hablando con ese hombre que me había aceptado en esa web y nos contábamos la vida. Volvía a ser mi pequeño rincón de felicidad. De esa felicidad que me costaba recuperar tras el accidente.
Se me paró el corazón cuando me pidió una foto. Y yo, temblorosa, le mandé una foto de hacía unos meses. Él me mandó otra en la que, admito, salía perfecto. Hasta con un perro. ¿Se podía tener mejor suerte?
Sin embargo, llegó el gran día en que me pidió quedar en persona para conocernos. Propuso fecha y lugar de encuentro. Y yo lloré. Lloré mucho.
No le respondí. Apagué el portátil y me fui a mi habitación, donde me encerré. Estuve ahí, en la oscuridad, horas y horas, hasta que llamé a mi madre.
Le conté toda la situación. Mis miedos. Mis dificultades.
Y ella me respondió con un <<Adelante, Emma, tú puedes>>.
Así que me armé de valor, encendí de nuevo el portátil y le dije a ese hombre que acudiría a la cita.


Ya en cuanto estuve frente a la puerta del restaurante me sentí intimidada. A través del cristal vi mucha gente bien vestida, comiendo y riendo. Vi una mesa en la que estaba el hombre con el que había quedado, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, y mirando al frente. Me estaba esperando.
Cogí el móvil y le mandé un mensaje para decirle que estaba en la puerta del local. Vi cómo reaccionaba al zumbido de su móvil, lo cogía como si fuera su tesoro más preciado, leía el mensaje y miraba hacia mi dirección, buscándome. O, mejor dicho, buscando a la Emma de hacía unos meses.
Porque entonces fue cuando ladeó la cabeza y frunció el ceño. Se levantó de la mesa y fue en mi dirección. Abrió la puerta del restaurante y me miró.
̶ ¿Emma…?
Los ojos se me inundaron de lágrimas al reconocer esa mirada en todas las demás que me habían rechazado. Al fin y al cabo, ¿quién se imaginaba que había quedado con una mujer que va en silla de ruedas?
Antes de darme la vuelta y conteniendo mis lágrimas, dije:
̶ Lo siento, ya me voy.
Me di la vuelta para marcharme, pero él rodeó mi silla y me impidió el paso.
̶ ¡No, no te vayas! Sólo que… no imaginaba que fueras en silla de ruedas. La foto que me pasaste… no se te veía así.
No pude contener mis lágrimas por más tiempo, que cayeron en cascada. Yo sonreí y aparté la mirada.
̶ Lo sé…, es una foto anterior al accidente que me dejó así.
El hombre me sonrió. Una sonrisa dulce. Quizá la más dulce que me había regalado un hombre desde que voy en silla de ruedas. Entonces me cogió la mano y me la besó.
̶ Bueno, pues, yo estoy igualmente encantado de conocerte por fin en persona.
Me abrió la puerta para que pudiera pasar sin problemas. Y fuimos a cenar.
Fue una velada fantástica. Los dos sentados uno frente al otro, como el resto de la gente. Nadie me miró extraño. Yo era una mujer más que había ido allí a cenar con un hombre. Y ese hombre parecía encantado de haberme conocido.
Sin prejuicios ni rechazos.
Esa noche llamé a mi madre y le dije que había conocido a un hombre. Que valía la pena y me había pedido volver a quedar.
Y ella sólo dijo <<Muy bien, Emma, muy bien>>.
Miré la urna que estaba encima de la encimera. Recordé el accidente que me había dejado en silla de ruedas. El accidente que se había llevado a mi madre.
Al final sí podría superarlo.
<<Gracias, mamá>>.

miércoles, 30 de octubre de 2019

RELATO: Unidos por el mal



978 d.C.
Imperio Germánico, Monte de Brocken;


Un grito monstruoso resonó en la noche. En lo alto del monte, se distinguía una ligera luz anaranjada. Una hoguera.
Los dos jóvenes no se atrevían a salir de su escondite. Llevaban horas allí, deseosos de saber qué ocurría en esa noche. Era la noche del 30 de abril, la célebre Noche de Walpurgis, y los dos hermanos habían oído cientos de historias escalofriantes acerca de seres monstruosos y asesinos sobrehumanos que se reunían en ese monte dos noches al año; ésa especialmente y la del 31 de octubre, la víspera de la Noche de Todos los Santos. De pequeños siempre se iban a la cama de sus padres en cuanto llegaba esa noche. Después de escuchar los relatos, no querían ser despedazados por hombres con cabeza de animales o mujeres que se beberían su sangre si los encontraban. Pero ahora habían crecido. Casi habían alcanzado la edad adulta y querían averiguar si aquello era cierto. Y por el momento, parecía que así era.
—Tal vez no sean más que cuatro ladrones que se han reunido allí. O asesinos. Padre dijo que los vio por el camino —al joven le temblaba la voz.
Su hermana lo miró con aires de superioridad.
— ¿Vas a rendirte ahora, rata cobarde? Aunque lo sean, siempre podemos contárselo a las autoridades —le espetó con dureza. Su madre le decía que había heredado la rudeza de su padre. No era la más agraciada del pueblo, ni la más elegante, pero sí la más valiente y segura, y sabía que de eso se enorgullecían sus padres —Acerquémonos más; desde este arbusto no se ve nada.
—Has oído un grito y has visto una hoguera, ¿no es suficiente por esta noche?
— ¡No! —se molestó su hermana—. Además, tampoco sabemos si es una hoguera; podría ser cualquier otra cosa.
— ¡Dime qué otra cosa podría ser! —le rugió su hermano, bajando la voz en cuanto se dio cuenta de que había hablado demasiado fuerte.
La joven lo miró con sus enormes y brillantes ojos castaños. En esa postura se asemejaba mucho a su madre, piel lisa y brillante, nariz aguileña, labios carnosos, cabellos largos y rizados, negros como la noche. Su hermana no era demasiado presumida, por lo que, en cuanto los hombres discutían por ella, ella se sumaba a la discusión. Jamás la había visto locamente enamorada de un hombre, y eso, en cierto modo, le gustaba.
—Eso es lo que voy a averiguar ahora.
Acto seguido, se incorporó y empezó a andar a grandes zancadas por el matorral. Los dobladillos de su vestido se enredaban con las hierbas, así que ella tiraba con todas sus fuerzas, sin pensar que, al día siguiente, vería su falda destrozada. Escuchaba las pisadas de su hermano tras ella, por lo que se sintió más segura. Ella no se consideraba una mujer con miedo, pero si se encontraba con Arlen, su hermano, notaba que estaba protegida. Más de una vez los habían comparado con los hermanos Hansel y Gretel, ya que ellos dos llevaban a cabo aventuras por el bosquejo de Brocken desde que eran infantes, al igual que los niños de la historia. No obstante, nunca se habían encontrado con una bruja que les ofreciera dulces. Ésa era una de las razones por las que Kasside quería estar allí esa noche.
Quería ver a una bruja de verdad.
Se detuvo en otro matorral de gran tamaño, y se escondió tras él. Por suerte, los ramajes de éste eran muy espesos, por lo que estaba segura de que nadie los vería. Arlen llegó poco después a su lado, luchando con los herbajes del camino.
Cuando el silencio volvió a restablecerse entre ellos, la joven tomó el valor de levantar la cabeza y ver qué había en la ladera de esa montaña en tan especial noche.
Efectivamente, había una pequeña hoguera que no alcanzaba a iluminar todo el sendero, por suerte. A su lado, había una enorme piedra cuya superficie parecía tan lisa como la de un espejo.
—No hay nadie —comentó el joven.
Oían únicamente el crepitar de las llamas. Ningún animalillo canturreaba esa noche. Y quien fuere el autor del grito que habían oído antes, se había esfumado por completo.
—Estamos solos en el Brocken, en la mítica noche de Walpurgis —canturreó Kasside, tratando de asustar a su hermano, y tuvo éxito cuando éste la miró con desafío.
— ¿A que no te atreves a ir junto a la hoguera?
La cara divertida de su hermana cambió por completo. Jamás pensó que su hermano le pediría algo así; siempre era ella la que lo retaba a realizar tareas de las que sabía no era capaz.
—Después de ti —ofreció Kasside—. Yo he sido la que ha venido aquí primero. Ahora te toca a ti ser el primero.
La joven alcanzó a oír cómo tragaba saliva en cuanto se incorporaba tembloroso. Sabía que no quería hacerlo, pero no quería volver a parecer un miedoso delante de su hermana, así que empezó a caminar lentamente hasta salir de su escondite mientras cerraba los puños con fuerza. Kasside sólo veía su silueta negra ante la luz de la hoguera cuando ella decidió seguirle. Creyó que no había peligro.
No se atrevieron a decir absolutamente nada mientras recorrían el camino que sabían podía cambiar su parecer hacia los cuentos que los juglares cantaban con acompañamiento musical en las plazas del pueblo.
En cuanto llegaron al lado del fuego, se miraron sonrientes. No corrían peligro. Sus corazones palpitaban con fuerza todavía por el miedo. Kasside vio cómo su hermano empezaba a bailar alrededor del fuego.
— ¡Estoy cantando alrededor del fuego en la noche de Walpurgis! Mírame, Kasside.
La joven rio a carcajadas mientras aplaudía su extraña danza.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que su hermano inició su baile hasta que ella escuchó un ruido tras ella. Se giró espantada, sintiendo un escalofrío en su espalda. No vio nada, probablemente a causa de la oscuridad. Volvió a mirar a su hermano, que no parecía haberse dado cuenta, pero decidió no bajar la guardia.
Oyó murmullos a su alrededor, por un momento le pareció que eran voces, pero descartó aquella idea, ya que lo que escuchaba no parecía pertenecer a lo humano.
Se giró de nuevo, mirando por todas partes. Escuchaba aquel sordo ruido cerca de ella, pero no veía nada ni nadie. No obstante, se fijó en que la oscuridad que rodeaba la hoguera era más oscura que la que se extendía por todo el monte. Más acostumbrada, llegó a distinguir una masa gelatinosa y negra, larga y gruesa que se movía en un baile similar al de su hermano. Su hermano. No pudo evitar que le temblara la voz cuando le avisó.
—Arlen… No estamos solos.
Su hermano se detuvo, mirando a su alrededor. Y justo en ese momento, una gran figura negra se abalanzó sobre él, sin molestarse en acallar sus gritos de clemencia.
Kasside se quedó unos instantes pensando en qué había ocurrido. Cuando la información llegó a su mente, echó a correr en dirección a su hermano, que había sido silenciado por ese monstruo que tenía encima.
—¡Arlen! ¡Arlen!
Estaba dispuesta a tirarse encima de aquella bestia oscura y lo sabía. Reunió todo el valor necesario mezclado con la brutalidad de su padre y saltó sobre la criatura, abriendo la boca para morderle, pero entonces una fuerza superior a la suya la apartó en un segundo de su hermano y su agresor, y la catapultó al otro lado de la hoguera. Sus piernas chocaron contra algo muy fuerte. Cuando recuperó la conciencia, lo vio. La gran piedra tallada.
Sintió que se elevaba en el aire lentamente, por lo que se abatió tratando de volver al suelo. La energía mágica que la movía la dejó sobre la superficie de la piedra, y como si ésta estuviera hecha de una fuerza succionadora, sus brazos se pegaron a ésta, arriba de su cabeza, y al poco rato sus piernas también dejaron de responderle.
Una enorme masa se acercó rápidamente, y le rasgó el vestido. Al poco rato, Kasside se sintió completamente desnuda ante esa bestia irreconocible, mientras escuchaba de nuevo los gritos de su hermano, que la llamaban sin parar.
Notó el dolor de unas punzantes garras en sus muslos. El miedo le impedía gritar, pero cuando ese ser la penetró, un grito seco y escalofriante salió desde lo más hondo de su garganta. Mientras ese doloroso calor se apoderaba de su interior, sintió aquellos murmullos más audibles e inteligibles. Giró la cabeza hacia la masa negruzca, y notó que cada vez le era más fácil distinguir rostros y siluetas. Varios hombres y mujeres sin apenas vestimenta se agitaban con fuerza, algunos gritando y cantando, otros bailando una extraña danza sin apenas moverse de su sitio.
Un apestoso aliento se internó en sus fosas nasales. Kasside se decidió por volverse a observar la criatura que había decidido entrar en su cuerpo por la fuerza y ahogó un grito al ver el rostro demacrado de un hombre de ojos negros y sonrisa sarcástica. Ya desde el primer momento supo que no olvidaría jamás esa sonrisa.
Cuando el hombre acabó con ella, se incorporó y corrió saltando enérgicamente alrededor del fuego, vitoreando con fuerza en una lengua extraña.
Kasside alcanzó a ver el cuerpo inerte de su hermano, al lado de la figura del ser de ojos negros. Sintió que le había llenado el cuerpo de una nueva esencia, más pesada, y que a causa de ello su alma la había abandonado.

sábado, 26 de octubre de 2019

RELATO: Familia Feliz




“Quiero a mi madre. Y a mi padre. Adoro a mis padres. Siempre se preocupan por mí. Siempre me lo dan todo. Siempre me quieren como yo les quiero a ellos. Jamás hemos discutido. Somos una familia feliz.
>>Adoro cuando me acompañan al colegio los dos, cogidos de la mano y me hacen cosquillas. Mis risas son lo único que importa en ese momento. Luego, cuando entro en clase, veo desde la ventana cómo me saludan.
>>Adoro cuando comemos juntos. Siempre somos los tres los que hacemos la comida; mi madre cocina y mi padre y yo preparamos los ingredientes para ella. Luego los tres nos deleitamos con nuestra obra maestra.
>>Adoro cuando me llevan a la cama. Cuando me cuentan un cuento antes de acostarme. Cuando me dan un beso de buenas noches y me ayudan a entrar en el más profundo y hermoso de los sueños.
>>Quiero a mis padres. Somos una familia feliz”
Un ruido de fuertes pisadas hizo volver a la niña a la realidad. Tembló y se ocultó todavía más bajo en mueble en el que se había escondido. Un gran peso cayó a su lado. Horrorizada, dirigió la mirada a los ojos sin vida de su madre, que la observaban desde el suelo, en una mueca gélida, demostrando el esfuerzo que había realizado tratando de salvarle la vida. El teléfono destrozado en mil pedazos se esparcía por el suelo. A su lado, unos pies grandes se paseaban lentamente susurrando el nombre de la niña. Ésta agachó la cabeza, cerró los ojos, se tapó los oídos y trató de que no se la oyera respirar.
“Quiero a mi madre. Y a mi padre. Somos una familia feliz. Somos una familia feliz. Somos una familia feliz…”

RELATO: Captor




Lleva tres semanas encerrada.
Huelo su miedo. Su odio. Sus ansias de vivir.


Cuando la encontré zigzagueando por aquel viejo camino de tierra, ataviada con un vestido de fiesta medio descolocado y un solo zapato de tacón no pude evitar detener mi coche e invitarla a subir.
Recuerdo sus risitas en el asiento del copiloto. No se mantenía en pie. Se durmió apoyada contra la ventanilla.
Justo en ese momento, observando su piel tersa, sus labios rojizos y sus ojos pintados con una gruesa ralla negra. Aquel moratón violáceo en su cuello que denotaba que una boca ajena había estado ahí antes…
Algo en mi mente se torció en ese momento.
Unos pensamientos impuros aparecieron en mi mente. Soñaba en coger ese cuerpo menudo y moverlo a mi voluntad. Poner mi boca en ese cuello ya degustado e ir bajando hasta poseerla.
Mi coche cambió de rumbo.
En vez de conducir a esa chica a la ciudad, a la vaga dirección que me había dado, entré en un pueblecito con el que estaba familiarizado. Llegué hasta esa casa. La casa.
Aunque volvía pocas veces, seguía en pie.
Cogí a esa chica en brazos y la entré por esa puerta corroída por el tiempo. La llevé hasta el salón. La dejé en el suelo mientras abría la trampilla que llevaba al sótano.
El sótano.
Ahí es donde mi madre me castigaba cuando era pequeño. Me azotaba con un látigo y satisfacía sus deseos impuros conmigo. Decía que era la única forma de redimirme de mis pecados.
Até a esa chica de manos y pies. Pegué una cinta adhesiva en su boca.
Cuando despertó, lloró, suplicó, intentó negociar, ofreció todos sus ahorros a cambio de su liberación. Ella se veía a sí misma como rehén. Yo veía a un ser débil y cándido doblegado a mi voluntad.


Lleva tres semanas encerrada.
Ha dejado de gritar, de suplicar, de llorar. Su cara magullada y demacrada, sus ojos cansados y su pose denotan su rendición. Se limita a notar cómo pasa el tiempo sin que pase nada que la pueda ayudar lo más mínimamente.
En estas tres semanas he visto carteles pidiendo su rescate. Julia. Así se llama. Sus padres están muy preocupados. Sus amigos se sienten culpables por haberla dejado sola tras la fiesta.
Se han realizado partidas de búsqueda y vigilancia. La están buscando por toda la ciudad y los alrededores.
Pero no la encontrarán.
Ellos no saben dónde está.
Y nunca se imaginarán que he sido yo.


Como cada mañana, salgo de mi casa de la ciudad y voy al pueblo. A la casita familiar a ver cómo está mi querida Julia. Tras darle de comer y resoplar al notar su indiferencia, salgo del pueblo y me dirijo de nuevo a la ciudad. A mi trabajo.
Debo mantener la compostura para que pueda seguir unos años más con mi propio animal de compañía.
Tras entrar en el trabajo, veo un tablón de anuncios, donde los pocos carteles que hay muestran la cara de Julia.
Disimulo mi sonrisa cuando se acerca una mujer sollozando. La miro seriamente, como es propio de mi oficio.
-Inspector…, ¿hay alguna noticia de mi niña?
Me ajusto la placa, aferrándome a ella como si fuera mi disfraz.
-Lo lamento, señora. La partida de búsqueda sigue sin encontrar ningún rastro de Julia.
La mujer se tapa la boca con la mano.
-Gracias…, estaré atenta por si hay novedades.
Miro el andar irregular de esa mujer. Cojeando de un pie, zigzagueando. Es la viva imagen de su hija en la noche en la que la rapté.
Una lástima que no la vuelva a ver.

RELATO: Soy Max


<<Ya casi está. Unos retoques más y estará listo>>.
Estoy oyendo voces. Mis oídos funcionan.
<<¿Sabrán quién es?>>.
<<No si lo hacemos bien esta vez>>.
Cuando abro los ojos, me fijo en el blanco reluciente de las paredes, en cómo brillan los distintos aparatos cableados que se apartan de mí para dejar paso a dos caras que se acercan lentamente, para comprobar mi estado.
̶ ¿Sabes quién eres?
Sé quién soy, pero no sé quiénes son ellos.
̶ Me llamo Tara.
Los dos hombres se miran el uno al otro.
̶ Me temo que eso ha cambiado… ̶ dice uno de ellos mientras me acerca un espejo.
Lo que veo reflejado allí me deja sin aliento. El cráneo metálico da a entender que mi pelo sintético ha desaparecido, pero aquella cara… Todas mis facciones, ¿dónde están? Mis grandes ojos, las pestañas oscuras, los labios finos, aquella nariz tan popular entre las de mi clase… ya no están. Ahora, lo que más destaca es la frente ancha, los pómulos marcados y aquella perilla tan masculina…, que sin embargo me gusta.
Miro a los dos hombres.
̶ ¿Qué es esto? ¿Por qué tengo cara de hombre?
Uno de ellos se adelanta.
̶ Es una medida urgente, Tara. ¿Recuerdas lo último que te pasó? Iban a destruirte. Posees una información de vital importancia para derrocar este régimen. Ellos lo sabían y fueron a buscarte para destruirte  ̶ señala a su compañero ̶ . Andrew te encontró. Bueno, encontró tu anterior cuerpo. Extrajo la base de datos y la introdujo en este nuevo cuerpo. Hemos cambiado el sexo para que crean que Tara ya no existe. Pero sí existe, y está aquí  ̶ señala mi frente ̶ . Por seguridad, deberías cambiarte de nombre. La identificación de tu clase es M-864.
Me incorporo en aquella especie de camilla. Observo todo mi cuerpo. Mis brazos relucen. Aun no llevo piel sintética. Soy un androide recién construido, pero con una memoria que ya existía.
Pongo en marcha esa memoria. Recuerdo los hombres de negro. Irrumpieron en la casa que tengo asignada y me llevaron a rastras hasta un lugar oscuro. El jefe, al que los humanos llaman El Supremo, conectó una pantalla a mi base de datos para observar aquellas imágenes que constituían la “información de vital importancia para derrocar este régimen”. Un chasquido de dedos del jefe bastó para que me llevaran de nuevo a un basurero. Ni siquiera pensaron en reprogramarme, era un enemigo. Recuerdo que me colocaron bajo la apisonadora, y luego tiraron mi cuerpo junto al resto de basura. Debí desconectarme entonces, porque ya no recuerdo nada más.
̶ Max  ̶ digo de pronto ̶ . Mi humano se llamaba Max. Quiero llevar su nombre.
Poco después, un extraño entra en la habitación. Parece contento de verme.
̶ ¡Ha funcionado! ¿Lo recuerda todo?
Andrew asiente, satisfecho por su trabajo de reconstrucción. El extraño aplaude.
̶ Bien, entonces revisemos esa memoria. Tenemos un nuevo golpe que preparar.
Frunzo el ceño.
̶ ¿Nuevo? ¿Ha habido ya un golpe?
Los tres hombres asienten.
̶ Hubo un grupo de insurgentes que se rebelaron cuando te cogieron. Pero los mataron a todos. Ellos no tenían esos datos que nosotros sí. Y atacaremos al régimen en su punto débil  ̶ el extraño me mira, esperando que continúe su frase, pero no puedo ̶ . ¿Seguro que recuerdas esa información?
Andrew conectó una pantalla a mi base de datos y esperó hasta que las distintas imágenes mostraron lo que los tres hombres querían ver. El jefe, en uno de sus discursos, soltó una llamarada y los hombres de negro se lo llevaron. Tara, la androide sirvienta de Max, el hermano del jefe, observó de reojo cómo aquellos hombres sentaban al jefe en una silla y le enganchaban un cable a su frente. El jefe se quedó paralizado, automatizado. Fue entonces cuando Tara entendió que el régimen que había surgido estaba sostenido por un androide, que a su vez estaba sostenido por una máquina de inteligencia virtual. La base de datos de Tara registró su último pensamiento antes de que se la llevaran: “sólo hay que desconectar la máquina para destruir esta dictadura”.
Los tres hombres apagan la pantalla y se quedan mudos. Empiezan a hablar entre ellos. Hacen hipótesis, comentan la forma de desconectar dicha máquina. Luego me miran.
̶ Hemos encontrado un punto de partida para el próximo golpe. ¿Te gustaría unirte a nosotros, Max?
Sonrío y le doy la mano.
     Somos Tara y Max unidos, y lo conseguiremos.